Tu compañero de piso no paga los recibos: qué hacer antes de que se convierta en una guerra fría
El alquiler lo paga todo el mundo, porque está en el contrato y tiene su día. El problema empieza con los 180 € de la luz que alguien adelantó hace tres semanas y de los que ya nadie se acuerda.
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La luz la pagaste tú. El internet también, porque el contrato está a tu nombre. Lo del baño la semana pasada, otra vez tú. Ha pasado un mes, y otro, y una persona del piso sigue sin devolver su parte, y tú te la cruzas cada día en la cocina y no dices nada.
Es uno de los motivos más habituales por los que un piso compartido que empezaba bien acaba en silencio. No es por la cantidad: rara vez pasa de cien euros por persona. Es que nunca hay un buen momento para sacar el tema, así que no lo saca nadie.
Este texto va de organización, no de reclamar deudas. Aquí no hay ni una palabra sobre el contrato de alquiler, burofaxes o juzgados: con estas cantidades ese camino cuesta más de lo que vale, y acaba con la convivencia seguro. Lo que sí hay es lo que funciona entre personas que mañana van a volver a coincidir en la misma cocina.
Por qué siempre son los recibos y no el alquiler
El alquiler es la partida más grande y casi nunca genera conflicto. Tiene contrato, cantidad y día. Todo lo que gira a su alrededor no tiene ninguna de esas tres cosas, y por eso se desmorona.
Un recibo no tiene día. La factura de la luz llega cada dos meses, en un momento cualquiera, y alguien la paga sin más para que no haya recargos. No hay día de cuentas, así que no hay día en el que nadie se sienta con retraso.
Siempre adelanta la misma persona. Los contratos están a un solo nombre, la tarjeta está guardada en un solo móvil, y eso no cambia en todo el alquiler. A los seis meses hay una persona con varios cientos de euros en negativo en cualquier momento del mes, y el resto no lo tiene delante en ninguna parte.
Cada uno recuerda una cifra distinta. Tú recuerdas 180 € de luz, él recuerda «unos ciento cincuenta», y mientras tanto él compró bombillas y pastillas para el lavavajillas. Los dos sois honestos. Sin un registro común, la conversación empieza por establecer los hechos, es decir, por el peor sitio posible.
Los recibos a veces no se reparten a partes iguales, y nadie lo habló. Quién tiene la habitación más grande, quién teletrabaja y tiene la calefacción puesta todo el día, quién se va un mes fuera. Todas son preguntas legítimas, pero planteadas a toro pasado suenan a excusa. Los criterios de reparto se fijan al principio, y eso es otro tema: lo contamos en el texto sobre cómo dividir los recibos con tus compañeros de piso.
Tres cosas que comprobar antes de decir nada
Cinco minutos aquí te ahorran una semana de silencio incómodo.
¿Tu cifra es segura y puedes enseñarla? No «más o menos tanto», sino un número que sepas desglosar: factura, foto del tique, justificante de la transferencia. Si no puedes, empieza por ahí. Una cantidad dicha de memoria siempre se va a cuestionar, y con razón.
¿Él sabe siquiera que va atrasado? Pasa mucho más de lo que parece, sobre todo cuando los gastos han ido en las dos direcciones. Si en ese mismo periodo él pagó el internet y tú la luz, en su cabeza puede haber un empate que en la tuya no existe.
¿Seguro que va de dinero? Si desde hace medio año se está acumulando otra cosa, el lavavajillas o el ruido por la noche, esa cantidad va a ser solo una excusa y la conversación se va a ir igualmente a otro sitio. Entonces es mejor separar los dos asuntos y empezar por el segundo.
Cómo decirlo: corto, con la cifra y con fecha
Tres elementos, y cada uno hace algo concreto.
Corto, porque una explicación larga suena a acta de acusación. Con dos frases basta, y cada una de más resta fuerza.
Con la cifra desglosada, no con el total. «Me debes 96 €» invita a negociar. «Luz 180 €, internet 45 €, entre tres, menos los 30 € de la compra que hiciste tú» no invita a nada, porque ahí no hay nada que discutir.
Con fecha, porque es lo que faltó desde el principio. No «cuando puedas», sino un día concreto, y mejor si lo propones tú.
Cuando se repite cada mes
Un impago puntual y un impago que vuelve son dos cosas completamente distintas, y confundirlas es el error más habitual.
Un préstamo entre conocidos tiene principio y fin: se habla de él una vez, se cierra una vez, y si la otra persona no devuelve, se entra en una conversación completamente distinta. Los recibos no tienen fin. Van a estar el mes que viene y dentro de medio año. Recordarlo cada vez es insostenible: a la tercera te conviertes en la persona que reclama, y de ese papel ya no se sale.
Tres cosas que sí cierran el tema, y ninguna consiste en recordar.
Un día fijo de cuentas. El mismo día cada mes, por ejemplo el primer domingo. Nadie reclama nada a nadie, simplemente llega esa fecha. Un plazo acordado de antemano nunca se lee como falta de confianza; ese mismo plazo puesto sobre la marcha, sí.
Turnarse a la hora de adelantar. Si se puede, los contratos y las compras se reparten entre los que viven en el piso. Quien ha adelantado algo de su bolsillo está mucho más pendiente de las cuentas que quien solo devuelve.
Dividir en origen, donde se pueda. El internet a un nombre con transferencia automática del resto, la luz a nombre de otra persona. Lo que está repartido en el momento de contratar no hay que ajustarlo después.
Qué no hacer
Cuatro reflejos que parecen sensatos y que cuestan más de lo que dan.
La nota en la nevera. Anónima y dirigida a todos para no ofender a nadie, así que le llega a quien paga a tiempo y esquiva justo a la persona para la que estaba escrita.
Llevar la cuenta en silencio. Ir sumando mentalmente y esperar a que la otra persona se dé cuenta sola. A los dos meses la cantidad es grande, el enfado también, y la conversación que al principio habría durado un minuto ya no es posible.
Cortar el grifo. Cambiar la contraseña del wifi, esconder la compra, darse de baja del contrato. Es una escalada que no trae ni un euro y que traslada el conflicto a todos los demás.
Añadir temas viejos. Si en esa misma conversación aparece la olla sin fregar del mes pasado, el tema del dinero deja de existir. Una conversación, un asunto.
Una cuenta que ven todos
Todas las frases de este texto son remiendos. Arreglan una carencia que se produjo mucho antes: nadie llevaba una cuenta común, tú incluido.
Cuando las cuentas se llevan al día y las ve todo el mundo, el recordatorio deja de hacer falta, y no porque nadie esté presionando a nadie. Desaparece lo que hacía desagradable la situación: no hay una persona que reclama y otra a la que reclaman. Hay una cifra que todos ven igual y que nadie tiene que defender.
Para eso sirve exactamente Kotisso. Un gasto se apunta en diez segundos, en la tienda, con una mano. Cada uno ve su saldo sin preguntarle a nadie, y la suma de los saldos del grupo siempre da cero: no hay dos versiones de los hechos que conciliar. A cada gasto se le puede adjuntar la foto de la factura o del tique, así que la cantidad nunca es «de memoria». El reparto se configura una vez, a partes iguales o por porcentajes, si las habitaciones son de tamaños distintos. Al final, la aplicación muestra el camino más corto para dejar las cuentas a cero, es decir, el menor número de transferencias posible.
Si el asunto es delicado, todas las cuentas se pueden exportar a una hoja de cálculo o a PDF y enviarlas sin más. Un documento con cada partida desglosada se comenta con calma; una cantidad dicha de memoria hay que defenderla.
Preguntas frecuentes
¿Cuántas veces conviene recordarlo? Dos veces, con al menos dos semanas de diferencia, y la segunda con una propuesta de pago a plazos. El tercer mensaje no trae dinero, trae conflicto. Si la situación vuelve cada mes, el problema no es recordarlo, es que no hay un día fijo de cuentas.
Mi compañero dice que ahora no tiene dinero. ¿Y entonces? Repartirlo en dos o tres plazos, con fechas. Es lo que suele desbloquear la situación, porque le permite a la otra persona decir «ahora no puedo» sin quedar mal. Una cantidad repartida en plazos vuelve mucho más a menudo que una cantidad entera.
Gasto menos luz porque entre semana no estoy. ¿Puedo pagar menos? Sí, y es completamente normal, siempre que lo acordéis de antemano y lo dejéis por escrito. Un criterio de reparto fijado al principio es un acuerdo; ese mismo criterio propuesto cuando ya ha llegado la factura suena a excusa, aunque esté justificado.
Alguien se muda y deja el saldo abierto. ¿Qué hago? Cerrar todas las cuentas antes de la mudanza, incluidos los recibos que todavía no han llegado, calculándolos con la última lectura. Después de la mudanza ya no hay una convivencia diaria que fuerce la conversación por sí sola, y ese mismo saldo se vuelve diez veces más difícil de cerrar.
¿Y si son quince euros? La pregunta no es por la cantidad, sino por la frecuencia con la que piensas en ella. Quince euros a los que vuelves cada semana merecen una frase; cincuenta que de verdad has olvidado no merecen ninguna.
¿Y cómo se sabe quién debe cuánto a quién entre tres personas? No sumándolo todo mentalmente: eso funciona con dos personas y deja de funcionar con tres. Lo hemos desarrollado en otro texto sobre quién debe dinero a quién.